Silva a la agricultura de la Zona Tórrida

Silva a la agricultura de la Zona Tórrida

 

El mundo tropical, la  zona tórrida del planeta, ha inspirado a través de la historia no pocas elocuentes palabras, escritas para ensalzarla. Y otras veces para injusto vilipendio. En unas con ribetes de exageración, suelen olvidarse no solo evidentes limitantes, sino también la extraordinaria variedad  del paisaje y los lugares, que están lejos de la uniformidad que a veces identifica la región como no más que selvas  húmedas,  cálidas  e  impenetrables.   Con facilidad nos olvidamos en esta percepción de las gélidas montañas y la vastedad árida de los bordes tropicales. Pero si bien no dejan de ser tan sugestivos como falsos los textos deterministas -- que de pronto aquí reproduciremos como contribución documental a los estudios tropicales -- más vale el ejemplo de la visualización romántica de lo que para muchos es un paraíso, al que sólo le llegan la alabanza naturalista de un Humboldt o el arrebatado cantar de los poetas. Y nadie, de veras, lo lograría tan bien como don Andrés Bello, en esta oda maestra del romanticismo decimononico.                                                

 

¡Salve, fecunda zona,

que al sol enamorado circunscribes

el vago curso, y cuanto ser se anima

en cada vario clima,

acariciada de su luz, concibes!

Tú tejes al verano su guirnalda

de granadas espigas; tú la uva

das a la hirviente cuba;

no de purpúrea fruta, o roja, o gualda,

a tus florestas bellas

falta matiz alguno; y bebe en ellas

aromas mil el viento;

y greyes van sin cuento

paciendo tu verdura, desde el llano

que tiene por lindero el horizonte,

hasta el erguido monte,

de inaccesible nieve siempre cano.

 

Tú das la caña hermosa,

de do la miel se acendra,

por quien desdeña el mundo los panales;

tú en urnas de coral cuajas la almendra

que en la espumante jícara rebosa;

bulle carmín viviente en tus nopales,

que afrenta fuera al múrice de Tiro;

y de tu añil la tinta generosa

émula es de la lumbre del zafiro.

El vino es tuyo, que la herida agave

para los hijos vierte

del Anahuac feliz; y la hoja es tuya,

que, cuando de süave

humo en espiras vagorosas huya,

solazará el fastidio al ocio inerte.

Tú vistes de jazmines

el arbusto sabeo ,

y el perfume le das, que en los festines

la fiebre insana templará a Lico.

Para tus hijos la procera palma

su vario feudo cría,

y el ananás sazona su ambrosía;

su blanco pan la yuca;

sus rubias pomas la patata educa;

y el algodón despliega al aura leve

las rosas de oro y el vellón de nieve.

Tendida para ti la fresca parcha

en enramadas de verdor lozano,

cuelga de sus sarmientos trepadores

nectáreos globos y franjadas flores;

y para ti el maíz, jefe altanero

de la espigada tribu, hincha su grano;

y para ti el banano

desmaya al peso de su dulce carga;

el banano, primero

de cuantos concedió bellos presentes

Providencia a las gentes

del ecuador feliz con mano larga.

No ya de humanas artes obligado

el premio rinde opimo;

no es a la podadera, no al arado

deudor de su racimo;

escasa industria bástale, cual puede

hurtar a sus fatigas mano esclava;

crece veloz, y cuando exhausto acaba,

adulta prole en torno le sucede.

 

Mas ¡oh! ¡si cual no cede

el tuyo, fértil zona, a suelo alguno,

y como de natura esmero ha sido,

de tu indolente habitador lo fuera!

¡Oh! ¡si al falaz rüido,

la dicha al fin supiese verdadera

anteponer, que del umbral le llama

del labrador sencillo,

lejos del necio y vano

fasto, el mentido brillo,

el ocio pestilente ciudadano!

¿Por qué ilusión funesta

aquellos que fortuna hizo señores

de tan dichosa tierra y pingüe y varia,

el cuidado abandonan

y a la fe mercenaria

las patrias heredades,

y en el ciego tumulto se aprisionan

de míseras ciudades,

do la ambición proterva

sopla la llama de civiles bandos,

o al patriotismo la desidia enerva;

do el lujo las costumbres atosiga,

y combaten los vicios

la incauta edad en poderosa liga?

No allí con varoniles ejercicios

se endurece el mancebo a la fatiga;

mas la salud estraga en el abrazo

de pérfida hermosura,

que pone en almoneda los favores;

mas pasatiempo estima

prender aleve en casto seno el fuego

de ilícitos amores;

o embebecido le hallará la aurora

en mesa infame de ruinoso juego.

En tanto a la lisonja seductora

del asiduo amador fácil oído

da la consorte; crece

en la materna escuela

de la disipación y el galanteo

la tierna virgen, y al delito espuela

es antes el ejemplo que el deseo.

¿Y será que se formen de ese modo

los ánimos heroicos denodados

que fundan y sustentan los estados?

¿De la algazara del festín beodo,

o de los coros de liviana danza,

la dura juventud saldrá, modesta,

orgullo de la patria, y esperanza?

¿Sabrá con firme pulso

de la severa ley regir el freno;

brillar en torno aceros homicidas

en la dudosa lid verá sereno;

o animoso hará frente al genio altivo

del engreído mando en la tribuna,

aquel que ya en la cuna

durmió al arrullo del cantar lascivo,

que riza el pelo, y se unge, y se atavía

con femenil esmero,

y en indolente ociosidad el día,

o en criminal lujuria pasa entero?

No así trató la triunfadora Roma

las artes de la paz y de la guerra;

antes fió las riendas del estado

a la mano robusta

que tostó el sol y encalleció el arado;

y bajo el techo humoso campesino

los hijos educó, que el conjurado

mundo allanaron al valor latino.

 

¡Oh! ¡los que afortunados poseedores

habéis nacido de la tierra hermosa,

en que reseña hacer de sus favores,

como para ganaros y atraeros,

quiso Naturaleza bondadosa!

romped el duro encanto

que os tiene entre murallas prisioneros.

El vulgo de las artes laborioso,

el mercader que necesario al lujo

al lujo necesita,

los que anhelando van tras el señuelo

del alto cargo y del honor ruidoso,

la grey de aduladores parasita,

gustosos pueblen ese infecto caos;

el campo es vuestra herencia; en él gozaos.

¿Amáis la libertad? El campo habita,

o allá donde el magnate

entre armados satélites se mueve,

y de la moda, universal señora,

va la razón al triunfal carro atada,

y a la fortuna la insensata plebe,

y el noble al aura popular adora.

¿O la virtud amáis? ¡Ah, que el retiro,

la solitaria calma

en que, juez de sí misma, pasa el alma

a las acciones muestra,

es de la vida la mejor maestra!

¿Buscáis durables goces,

felicidad, cuanta es al hombre dada

y a su terreno asiento, en que vecina

está la risa al llanto, y siempre, ¡ah! siempre

donde halaga la flor, punza la espina?

Id a gozar la suerte campesina;

la regalada paz, que ni rencores

al labrador, ni envidias acibaran;

la cama que mullida le preparan

el contento, el trabajo, el aire puro;

y el sabor de los fáciles manjares,

que dispendiosa gula no le aceda;

y el asilo seguro

de sus patrios hogares

que a la salud y al regocijo hospeda.

El aura respirad de la montaña,

que vuelve al cuerpo laso

el perdido vigor, que a la enojosa

vejez retarda el paso,

y el rostro a la beldad tiñe de rosa.

¿Es allí menos blanda por ventura

de amor la llama, que templó el recato?

¿O menos aficiona la hermosura

que de extranjero ornato

y afeites impostores no se cura?

¿O el corazón escucha indiferente

el lenguaje inocente

que los afectos sin disfraz expresa,

y a la intención ajusta la promesa?

No del espejo al importuno ensayo

la risa se compone, el paso, el gesto;

ni falta allí carmín al rostro honesto

que la modestia y la salud colora,

ni la mirada que lanzó al soslayo

tímido amor, la senda al alma ignora.

¿Esperaréis que forme

más venturosos lazos himeneo,

do el interés barata,

tirano del deseo,

ajena mano y fe por nombre o plata,

que do conforme gusto, edad conforme,

y elección libre, y mutuo ardor los ata?

 

Allí también deberes

hay que llenar: cerrad, cerrad las hondas

heridas de la guerra; el fértil suelo,

áspero ahora y bravo,

al desacostumbrado yugo torne

del arte humana, y le tribute esclavo.

Del obstrüido estanque y del molino

recuerden ya las aguas el camino;

el intrincado bosque el hacha rompa,

consuma el fuego; abrid en luengas calles

la oscuridad de su infructuosa pompa.

Abrigo den los valles

a la sedienta caña;

la manzana y la pera

en la fresca montaña

el cielo olviden de su madre España;

adorne la ladera

el cafetal; ampare

a la tierna teobroma en la ribera

la sombra maternal de su bucare;

aquí el vergel, allá la huerta ría...

¿Es ciego error de ilusa fantasía?

Ya dócil a tu voz, agricultura,

nodriza de las gentes, la caterva

servil armada va de corvas hoces.

Mírola ya que invade la espesura

de la floresta opaca; oigo las voces,

siento el rumor confuso; el hierro suena,

los golpes el lejano

eco redobla; gime el ceibo anciano,

que a numerosa tropa

largo tiempo fatiga;

batido de cien hachas, se estremece,

estalla al fin, y rinde el ancha copa.

Huyó la fiera; deja el caro nido,

deja la prole implume

el ave, y otro bosque no sabido

de los humanos va a buscar doliente...

¿Qué miro? Alto torrente

de sonorosa llama

corre, y sobre las áridas rüinas

de la postrada selva se derrama.

El raudo incendio a gran distancia brama,

y el humo en negro remolino sube,

aglomerando nube sobre nube.

Ya de lo que antes era

verdor hermoso y fresca lozanía,

sólo difuntos troncos,

sólo cenizas quedan; monumento

de la lucha mortal, burla del viento.

Mas al vulgo bravío

de las tupidas plantas montaraces,

sucede ya el fructífero plantío

en muestra ufana de ordenadas haces.

Ya ramo a ramo alcanza,

y a los rollizos tallos hurta el día;

ya la primera flor desvuelve el seno,

bello a la vista, alegre a la esperanza;

a la esperanza, que riendo enjuga.

del fatigado agricultor la frente,

y allá a lo lejos el opimo fruto,

y la cosecha apañadora pinta,

que lleva de los campos el tributo,

colmado el cesto, y con la falda en cinta,

y bajo el peso de los largos bienes

con que al colono acude,

hace crujir los vastos almacenes.

 

¡Buen Dios! no en vano sude,

mas a merced y a compasión te mueva

la gente agricultora

del ecuador, que del desmayo triste

con renovado aliento vuelve ahora,

y tras tanta zozobra, ansia, tumulto,

tantos años de fiera

devastación y militar insulto,

aún más que tu clemencia antigua implora.

Su rústica piedad, pero sincera,

halle a tus ojos gracia; no el risueño

porvenir que las penas le aligera,

cual de dorado sueño

visión falaz, desvanecido llore;

intempestiva lluvia no maltrate

el delicado embrión; el diente impío

de insecto roedor no lo devore;

sañudo vendaval no lo arrebate,

ni agote al árbol el materno jugo

la calorosa sed de largo estío.

Y pues al fin te plugo,

árbitro de la suerte soberano,

que, suelto el cuello de extranjero yugo,

erguiese al cielo el hombre americano,

bendecida de ti se arraigue y medre

su libertad; en el más hondo encierra

de los abismos la malvada guerra,

y el miedo de la espada asoladora

al suspicaz cultivador no arredre

del arte bienhechora,

que las familias nutre y los estados;

la azorada inquietud deje las almas,

deje la triste herrumbre los arados.

Asaz de nuestros padres malhadados

expiamos la bárbara conquista.

¿Cuántas doquier la vista

no asombran erizadas soledades,

do cultos campos fueron, do ciudades?

De muertes, proscripciones,

suplicios, orfandades,

¿quién contará la pavorosa suma?

Saciadas duermen ya de sangre ibera

las sombras de Atahualpa y Moctezuma.

¡Ah! desde el alto asiento,

en que escabel te son alados coros

que velan en pasmado acatamiento

la faz ante la lumbre de tu frente,

(si merece por dicha una mirada

tuya la sin ventura humana gente),

el ángel nos envía,

el ángel de la paz, que al crudo ibero

haga olvidar la antigua tiranía,

y acatar reverente el que a los hombres

sagrado diste, imprescriptible fuero;

que alargar le haga al injuriado hermano,

(¡ensangrentó la asaz!) la diestra inerme;

y si la innata mansedumbre duerme,

la despierte en el pecho americano.

El corazón lozano

que una feliz oscuridad desdeña,

que en el azar sangriento del combate

alborozado late,

y codicioso de poder o fama,

nobles peligros ama;

baldón estime sólo y vituperio

el prez que de la patria no reciba,

la libertad más dulce que el imperio,

y más hermosa que el laurel la oliva.

Ciudadano el soldado,

deponga de la guerra la librea;

el ramo de victoria

colgado al ara de la patria sea,

y sola adorne al mérito la gloria.

De su trïunfo entonces, Patria mía,

verá la paz el suspirado día;

la paz, a cuya vista el mundo llena

alma, serenidad y regocijo;

vuelve alentado el hombre a la faena,

alza el ancla la nave, a las amigas

auras encomendándose animosa,

enjámbrase el taller, hierve el cortijo,

y no basta la hoz a las espigas.

 

¡Oh jóvenes naciones, que ceñida

alzáis sobre el atónito occidente

de tempranos laureles la cabeza!

honrad el campo, honrad la simple vida

del labrador, y su frugal llaneza.

Así tendrán en vos perpetuamente

la libertad morada,

y freno la ambición, y la ley templo.

Las gentes a la senda

de la inmortalidad, ardua y fragosa,

se animarán, citando vuestro ejemplo.

Lo emulará celosa

vuestra posteridad; y nuevos nombres

añadiendo la fama

a los que ahora aclama,

«hijos son éstos, hijos,

(pregonará a los hombres)

de los que vencedores superaron

de los Andes la cima;

de los que en Boyacá, los que en la arena

de Maipo, y en Junín, y en la campaña

gloriosa de Apurima,

postrar supieron al león de España».

 

 

Autor 

Andres Bello (1781-1865) publicó por primera vez este poema

en el Repertorio Americano, Londres, I, p. 7-18, 1826.

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